Choroni. Montaña,1968

Miquel Villà i Bassols

Villà i Bassols, Miquel

1901, Barcelona - 1988, el Masnou, Barcelona

Choroni. Montaña, 1968.

© Miquel Villá Bassols, VEGAP, Madrid, 2018

Firmado y fechado en el reverso.
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Óleo sobre lienzo

80 x 64 cm

CTB.1995.213

Historia de la obra

  • Colección Carmen Thyssen-Bornemisza.

2013

Sisley-Kandinsky–Hopper, Col.lecció Carmen Thyssen, Espai Carmen Thyssen, Sant Feliu de Guixols, Girona. p. 122.

  • -Sisley-Kandinsky–Hopper, Col.lecció Carmen Thyssen, Espai Carmen Thyssen, Sant Feliu de Guixols, Girona, 2013. P. 122, 245-246 [Cat. Exp.] (Ficha Helena Batlle i Argimon).

Informe del experto

Esta obra fue realizada durante la estancia en Venezuela de 1968. Desde que viajara a Argentina acompañando a su padre con sólo once años y, dos años después, residiera en Bogotá por cuatro, Villa regresa a Sudamérica en varias ocasiones, bien para pintar o para exponer.

El presente lienzo es un buen ejemplo de la producción de plena madurez, en la que se puede apreciar la suma de inspiraciones y hallazgos asumidos, integrados e interpretados que conforman su modo de expresión. La voluntad de reducir las formas de la naturaleza a sensaciones cromáticas y formas ordenadas nos recuerda a Cézanne: la descomposición analítica y algo distante de la vegetación al primer cubismo; el uso de colores intensos y en tensión a Van Gogh y los fauves: las formas simplificadas y algo arcaizantes a Gauguin; el uso plástico de la materia a Fautrier y a otros coetáneos cuya producción evoluciona en la pintura matérica de los cuarentena y los cincuenta; el tratamiento de la luz a Rernbrandt, y la serenidad a la visión clásica, con tendencia idealizadora, del Noucentisme. Todo ello, filtrado por su propio temperamento, lo pone el artista al servicio de la necesidad expresiva de la realidad y da como resultado su característico estilo.

Entre las pinturas producidas durante esta estancia en Venezuela vemos lienzos apretados de formas, como agolpadas en los primeros planos. Reflejan la adaptación de la composición a la frondosidad casi agresiva de la vegetación tropical, al igual que la mayor utilización de tonos verdes y azules, que contrastan con la producción mediterránea en la que tiende a haber más espacio libre y donde abundan los tierras, amarillos y naranjas.

Este cuadro en particular está compuesto partiendo de la reverberación de la montaña del fondo. El artista utiliza esta presencia imponente para determinar la forma y el cromatismo del conjunto. El perfil nítido de la montaña, tratado como un plano lleno de matices, por un lado contrasta con los volúmenes rotundos de las copas de los árboles y, por otro, crea un eco en el color de sus sombras. Éstas, junto con los reflejos de luz, marcan el ritmo de la pintura y el modo como nuestra mirada se pasea por ella. Esta cadencia, a su vez, contribuye a establecer el efecto asfixiante del paisaje sobre las casas del primer plano, que aparecen como empequeñecidas ante la explosión de una naturaleza exuberante. Una exuberancia que deleita al pintor y que transmite tanto a través de la curva sensual de la montaña, como de la corporeidad de elementos o de la aplicación hedonista del color hecho materia. Y todo ello lo presenta bajo una mirada ordenadora y sintética que subraya la tensión explosiva contenida en este paisaje tropical.

Helena Batlle i Argimon