La higuera Vieja, Valldemossa
Martínez Tarrassó, Casimir
1898, Barcelona - 1980, Barcelona
La higuera vieja, Valdemossa, 1942 (La Figuera Vella, Valdemossa)
Firmado en el ángulo inferior izquierdo: “Tarrasso”
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza
Óleo sobre lienzo
120 x 111 cm
CTB.2013.13
Historia de la obra
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Colección Carmen Thyssen-Bornemisza.
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– Sons. Analogías musicales en la pintura. Museu Carmen Thyssen Andorra [Cat. Exp. Com.: Giró,P.], Ed. Fundació Museu Andorra (Museand), 2024. P. 52, 53, 130 y 219 [Ficha de Victoria Durá]
Informe del experto
En ocasiones la pintura de Tarrassó ha sido encuadrada dentro de las representantes de los últimos flecos del modernismo; otras veces se la ha calificado de expresionista, con una influencia notable del arte fauve; pero lo que transciende, lo que la convierte en una pintura singular, más allá de cualquier influencia, es su tendencia a la simplificación formal y a la complejidad cromática, que respira y desprende vitalismo y fuerza. Tarrassó, tal y como pretende, deslumbra; deslumbra y evidencia su naturaleza mediterránea, que lejos del equilibrio y la moderación es abrupta, desmesurada, imaginativa, alegre, luminosa, directa… deslumbra como lo hicieran Anglada Camarasa o Mir, sus grandes referentes dentro de la escuela catalana.
La figuera vella. Valldemossa está realizada dos años después de que el artista instalara su estudio en Palma de Mallorca –en la calle Calatrava–, donde a partir de entonces pasaría largas temporadas, que alternaría con otras en su domicilio barcelonés del barrio de Sarrià. Y es que poco después de llegar a la isla descubrirá Deià o Valldemossa, lugares de inspiración preferente para el artista, que dibujó y pintó en numerosas ocasiones, no sólo durante estos años –Deià (1940), Deià des de la cala (c. 1940), Marina de Valldemossa (1942), etc.–, sino a lo largo de toda su trayectoria. La pintura representa uno de los rincones de naturaleza exuberante del entorno de Valldemossa; uno de los numerosos caminos que culminan en una posesión –término con que se denomina a las grandes casas rurales de la isla–. En ella podemos leer todas las claves pictóricas del artista en aquella etapa: empaste grueso y directo, sin previo dibujo; perspectiva forzada, impactante; color brillante y sumamente contrastado; o ausencia de figuración humana. Hasta finales de los años 40 no comenzó a exponer sus paisajes mallorquines, tanto en Barcelona –Galerías Augusta, Galerías Lars o Sala Barcino–, como en Mallorca –en Santanyí o en las Galerías Costa de Palma–, o en Madrid –Círculo de Bellas Artes (1950)–. Son los años en que crítica y público comenzaron a dividirse entre apasionados seguidores del artista y detractores que cuestionaban su exaltado cromatismo, su inusual y subjetiva interpretación del paisaje, y su carácter impulsivo y espontáneo, calificándole como caricatura de Mir, crítica que con los años se fue suavizando hasta situar al artista en el destacado lugar que le corresponde. A partir de 1946, aumentaría considerablemente el formato de sus obras, introduciendo transparencias, sin perder los gruesos empastes, y comenzaría a realizar retratos y composiciones con figuras; por último, en la década de 1960 se evidenciaría ya su tendencia progresiva a la simplificación técnica y formal, a la reducción de matices de color y transparencias, y al uso cada vez mayor de la espátula en lugar del pincel.
Victoria Durá