Danza del búfalo de los indios mandan

Karl Bodmer

Bodmer, Karl

1809, Zurich - 1893, París

Danza del búfalo de los indios mandan, 1839-1843 ( obra elegida de la serie "Viajes en el interior de América del Norte")

© Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Grabado de la serie de 77 grabados: Viajes en el interior de América del Norte, 1839-1843. (Ref. CTB.1981.77.1-77)
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Grabado coloreado

CTB.1981.77.1-21

Historia de la obra

  • Colección Thyssen-Bornemisza, Lugano.

  • Colección Carmen Thyssen-Bornemisza.

2015 - 2016

La ilusión del Lejano Oeste. Del 03 de noviembre de 2015 al 07 de febrero de 2016. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid. Pág. 100-101, Cat. 26.8.

2016

La ilusión del “Far West”. Colección Carmen Thyssen y Museo Thyssen-Bornemisza. Del 25 de junio al 30 de octubre de 2016.Espai Carmen Thyssen, Sant Feliu de Guixols. Pág. 100-101, Cat. 26.8.

2016 - 2017

La Ilusión del Lejano Oeste. Museo Carmen Thyssen Málaga. Del 19 de noviembre de 2016 a 19 de marzo de 2017. Cat. 26.8, p. 101.

  • -La ilusión del Lejano Oeste. Museo Thyssen-Bornemisza, Cat. Exp. 2015, Madrid. Pág. 100-101, Cat. 26.8. (imagen)

  • -La Ilusión del Lejano Oeste. Museo Carmen Thyssen Málaga. Cat. Exp. 2016,  Cat. 26.8,  p. 101. (imagen).

Informe del experto

Entre los siglos XVI y XVIII diversos artistas europeos represen­taron a los indios para ilustrar informes o libros de viaje, a me­nudo en forma de estampas. Pero se limitaron a las tribus de la costa este, cuando aún moraban allí. En 1830 la Indian Removal Act ordenó el traslado más allá del Misisipi de las tribus que quedaban en el sureste, alejando definitivamente a los indios de la población de origen europeo. El camino hacia el Oeste abierto por Lewis y Clark aún no había dado paso a la gran emigración y en la zona de las Grandes Llanuras solo había unos cuantos fuertes que protegían el comercio de las pieles. En esos años treinta del siglo XIX coinciden dos de las aventuras artísticas más apasionantes y trascendentales en la representación del indio americano: las de George Catlin y Karl Bodmer. Personalidades completamente diferentes, ambos remontan el río Misuri para encontrarse con las tribus de las Llanuras, entonces grandes desconocidas, y producen sendos corpus de imágenes importan­tísimos desde el punto de vista artístico y antropológico.

Aunque los indios habitaban en América del Norte desde ha­cía veinte mil años, la cultura de las Llanuras era joven. Antes del siglo XVIII estaban muy escasamente pobladas y los asenta­mientos se concentraban en las estribaciones de las Montañas Rocosas. Las tribus practicaban la agricultura y cazaban cier­vos, alces y, más ocasionalmente, búfalos. Cuando los españoles introdujeron el caballo comenzó a extenderse el estilo de vida nómada, pues los grupos podían desplazarse más fácilmente y seguir a las manadas de bisontes a través de las praderas. Con ello, se configuraron las señas de identidad que hoy les atribui­mos: las viviendas en tipis, las vestimentas de piel de búfalo, las armas e incluso las creencias. Poco después de las visitas de Catlin y Bodmer, las tribus de las Llanuras sufrieron la presión migratoria, que trajo consigo enfermedades mortales y la caza masiva del búfalo, lo que diezmaría la población indígena.

Karl Bodmer, de origen suizo pero establecido en Coblenza, llegó a Estados Unidos en 1832 acompañando a todo un perso­naje: el príncipe Maximilian zu Wied-Neuwied, un noble alemán que había estudiado antropología en Gotinga y que había con­seguido notoriedad en los círculos científicos gracias al trabajo que había realizado en Brasil entre 1815 y 1817, difundido en un libro que se tradujo a cinco idiomas y que tuvo gran repercusión a pesar de que las ilustraciones, a partir de los dibujos del propio Maximilian, eran muy torpes. Cuando decidió estudiar la flora, la fauna y a los indígenas del interior de América del Norte quiso evitar ese defecto y contrató al joven Karl Bodmer -tenía enton­ces veintitrés años, mientras Maximilian había cumplido ya los cincuenta-, que empezaba a ser conocido como paisajista y te­nía muy buen conocimiento de las técnicas de grabado, para que se encargara de la documentación gráfica. Iba con ellos también David Dreidoppel, cazador y taxidermista al servicio del príncipe.

En Gotinga, Maximilian, hijo de la Ilustración, había sido discípulo, con Alexander von Humboldt, de Johann Friedrich Blumenbach, que predicaba la antropología comparativa y pasó buena parte de su carrera midiendo cráneos. De él aprendió la disciplina del Ars apodemica, que enseñaba cómo viajar científi­camente, con metodología, orden y exhaustividad en la recolec­ción de materiales e información. El príncipe y Bodmer llegaron a Boston en julio de 1832, pero no encontraron ningún indio hasta San Luis. Allí se entrevistaron con el general William Clark, que era, treinta años después de su expedición, superintendente de Asuntos Indios y que debía otorgarles un pasaporte para poder seguir su viaje, a bordo del Yellowstone, el barco de vapor que daba servicio a los fuertes y a los tramperos. En la ruta se relacionaron con los grupos de indios que circundaban los fuertes buscando protección y oportunidades de supervivencia mediante el comer­cio, aunque también tuvieron contacto con tribus nómadas como los siux, assiniboine, cree, gros ventres o pies negros.

Llegaron, siempre de la mano de la American Fur Company, solo hasta el fuerte McKenzie, pues unos violentos enfrenta­mientos con los pies negros les indujeron a retroceder. Y pa­saron el invierno de 1833-1834 cerca del fuerte Clark, donde convivieron con los hidatsa y, sobre todo, con los mandan, una tribu tradicionalmente pacífica. Se construyó allí para ellos una cabaña de madera de dos habitaciones, una de las cuales era el estudio de Bodmer. El invierno fue terriblemente duro, con temperaturas de hasta 60º bajo cero, y la arcilla que sella­ba la cabaña se agrietaba dejando pasar el viento helado y la nieve. A Bodmer se le congelaban las pinturas. Allí les visita­ban los mandan, y ellos fueron también invitados al campa­mento indio, donde asistieron a diversos rituales. Este trabajo de campo, etnográfico y artístico, de más de cinco meses con los mandan adquirió una relevancia enorme pues en 1837 una epidemia de viruela provocó la extinción de la tribu: enton­ces eran ya pocos, unos 1.500 o 1.600 individuos, y después de tres meses de azote epidémico quedaron ‘solo treinta vivos. Gracias al príncipe Maximilian y a Bodmer pervive su recuerdo.

En 1834 volvieron a Europa con un cargamento de herbarios, animales disecados, minerales y datos de todo tipo. Comenzó en­tonces la larga preparación de los dos volúmenes de Reise in das Innere Nord-Amerika (Viajes en el interior de Norteamérica), que el príncipe tardó diez años en finalizar en sus ediciones ale­mana, francesa e inglesa, financiadas por él mismo con pésimo resultado económico. Bodmer se trasladó a París para dirigir la producción de las 81 láminas y viñetas estampadas e ilumina­das a mano por los mejores grabadores del momento. Eligió la técnica de la aguatinta con plancha de cobre, por los resultados excelentes que había obtenido la edición que hizo en Londres Robert Havell Jr. del extraordinario Birds of America, de John James Audubon. Pero en las sucesivas ediciones -que se hicie­ron en diferentes papeles y diverso grado de coloreado a mano, según precios- fue perfeccionando las ilustraciones, añadien­do algunos detalles o sumando técnicas de grabado. El elevado coste hizo que la distribución fuera finalmente muy limitada: se vendieron menos de 500 ejemplares en total. Los diarios de Maximilian y cerca de 400 dibujos y acuarelas originales de Bodmer se conservan hoy en el Joslyn Art Museum, de Omaha.

Pero ¿qué ilustran los grabados de Bodmer? Son retratos de medio cuerpo, a menudo en parejas o grupos de tres; retratos de cuerpo entero, generalmente individuales, cuyo protagonista posa o está en relación con alguna ceremonia o actividad ca­racterística; escenas tribales, con campamentos o construccio­nes funerarias, o escenas de caza, juegos, danzas y rituales; y paisajes, en los que se trasluce la formación europea del artista. Todos ellos están tratados con un detalle extraordinario y no son el resultado de apuntes rápidos sino de dibujos despaciosos. Sabemos que algunos de los retratos exigieron todo un día de posado, a lo que muchos de los modelos accedían gustosamente, ya por vanidad ya por curiosidad, y Bodmer les entretenía con una caja de música y otros juguetes. Lo que el pintor describe vi­sualmente, Maximilian lo explica detenidamente con palabras. Por ejemplo, informa acerca del simbolismo del famoso retrato de medio cuerpo del jefe mandan Mató-Tope (Cuatro Osos) con atavío de guerra: el «palo» rojo de la cabeza representa el cuchi­llo con el que mató a un jefe cheyenne; los seis palitos en vertical también sobre la cabeza, las heridas de mosquete que había re­cibido; las plumas teñidas de amarillo indicaban su pertenencia a la banda de los Perros en la tribu mandan; la pluma de pavo partida en dos, una herida de flecha; en el cuerpo, las líneas demuestran su fiereza en la batalla; y la mano amarilla en el pecho, que había hecho prisioneros.

También Catlin pintó a Mató-Tope, y se autorretrató mientras lo hacía, y escribió sobre él que «Jamás ningún actor de trage­dias pisó un escenario y ningún gladiador entró al foro romano con mayor gracia y dignidad varonil». A decir del propio Catlin se trataba del jefe indio al que más admiró, no solo por su planta sino también por su inteligencia y valentía.

Miguel Ángel Blanco