Vista del Puerto de Miravete, camino antiguo de Madrid, 1869

Manuel Barrón y Carrillo

Barrón y Carrillo, Manuel

Sevilla, 1814 - Sevilla, 1884

Vista del Puerto de Miravete, camino antiguo de Madrid, 1869

© Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Firmado y fechado en el ángulo inferior derecho: ''Manuel Barrón / Sevilla. 1869''
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en préstamo gratuito al Museo Carmen Thyssen Málaga

Óleo sobre lienzo

72 x 105 cm

CTB.1998.10

Historia de la obra

  • Gerónimo S. Couder, Madrid, 1875.

  • Castellana 150, Madrid, 31 de marzo de 1998. lote 60.

  • Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Thyssen-Bornemisza

1999

Aspectos de la tradición paisajística en la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, Málaga, Salas de Exposiciones del Palacio Episcopal, n. 29, p. 110.

2004 - 2005

Pintura andaluza en la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza; Sevilla, Museo de Bellas Artes; Málaga, Palacio Episcopal. Sala de Exposiciones; Almería, Centro de Arte Museo de Almería, n. 8, p. 62.

2005

Pintura andaluza na Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, Pontevedra, Fundación Caixa Galicia-Café Moderno; Lugo, Fundación Caixa Galicia, n. 6, p. 58, lám. p. 59.

2005 - 2006

Pintura andaluza en la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, Murcia, Centro Cultural Las Claras. Fundación Cajamurcia, n. 6, p. 58, lám. p. 59.

2008 - 2009

España 1908-1914. De súbditos a ciudadanos, Toledo, Museo de Santa Cruz, vol III, lám. p. 171.

2014 - 2015

Manuel Barrón. Bicentenario, 1814-2014. Museo Carmen Thyssen Málaga. Del 02 de diciembre de 2014 al 11 de enero de 2015

2016 - 2017

La Ilusión del Lejano Oeste. Museo Carmen Thyssen Málaga. Del 19 de noviembre de 2016 a 19 de marzo de 2017. Cat. MA-14, p. 144-145.

  • -Aspectos de la Tradición Paisajística en la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza. Llorens Serra, Tomàs (comisario). [Cat. exp. Málaga, Salas de Exposiciones del Palacio Episcopal]. Málaga, Fundación Unicaja, 1999, n. 29, p. 110. [Ficha de José Luis Díez].

  • -España 1808-1814. De súbditos a ciudadanos. Pérez Garzón, Juan Sisinio (comisario) [Cat. exp. Museo de Santa Cruz, Toledo]. s.l., Sociedad Don Quijote de Conmemoraciones Culturales de Castilla-La Mancha, 2008, p. 171 [Ficha de Juan Ángel López Manzanares].

  • Museo Carmen Thyssen Málaga. Colección. Catálogo razonado, Fundación Palacio de Villalón, Málaga, 2014. Pág. 74-75 (Ficha José Luis Díez).

  • -La Ilusión del Lejano Oeste. Museo Carmen Thyssen Málaga, 2016 (Cat. Exp.), Cat. MA-14, p. 144-145. (imagen)

Informe del experto

La personalidad artística del paisajista sevillano Manuel Barrón es bien conocida a través de sus obras más características, generalmente vistas reales o fantaseadas de alrededores de poblaciones andaluzas, dispuestas desde perspectivas panorámicas de campo abierto y horizonte bajo, con masas de arboleda y lejanías urbanas, pobladas siempre de pequeños personajes y fechadas casi todas en la década de 1850.
Sin embargo, apenas se tienen testimonios de su producción final, habida cuenta de la longevidad de este artista, que murió en 1884, a los setenta años. Así, algunos autores han señalado un progresivo abandono de los postulados románticos, tan característicos de los paisajes de Barrón, hacia un tímido clasicismo descriptivo en obras de la década siguiente, como su interesante Vista de Sevilla con el Guadalquivir y el puente de Triana, de 1862, adquirida por la reina Isabel II. Dos años después participaría por única vez en una Exposición Nacional de Bellas Artes con Una posada del Huesúa, junto a la fábrica del Pedroso y Vista de la campiña de Córdoba , sin que casi se tenga noticia de su obra posterior.Por esta razón, resulta de un interés muy especial el presente lienzo firmado en 1869, uno de los más tardíos conocidos hasta ahora de su autor y en el que, a pesar de la fecha avanzada, Barrón sorprende con su rendida fidelidad a los postulados más genuinos del romanticismo pintoresco puestos de moda treinta años antes, radicalmente opuestos a cualquier indicio clasicista, e incluso resuelto con una capacidad imaginativa y anecdótica más acentuada que en sus paisajes anteriores, varios de ellos protagonizados también por bandoleros y contrabandistas.

En esta ocasión, Barrón concibe su paisaje desde un punto de horizonte alto, desde el que se despliega una amplia panorámica montañosa del abrupto puerto de Miravete, en cuyo valle serpentea el «camino antiguo de Madrid», que comunicaba Extremadura con la capital atravesando los peligrosos parajes de la sierra cacereña del mismo nombre, y que era entonces terror de viajeros y escondrijo predilecto de bandoleros.
Así, en el primer término de la composición, Barrón describe, con bastante comicidad y eficacia narrativa, el asalto a una diligencia por un grupo de bandidos, concediendo a los personajes un protagonismo realmente inusual en las obras de este artista. El carruaje ha sido detenido por los bandoleros, que han hecho bajar a sus ocupantes. Apenas repuesta del sobresalto, una mujer tendida en el suelo, en medio del camino, es atendida por su acompañante. En el recodo, otra dama se lleva las manos a la cabeza ante el despojo que los asaltantes hacen de sus baúles. Tal atropello provoca el llanto de otra mujer, al fondo, y la rendida desolación de un viajero, sentado sobre su maltrecho equipaje.
Tanto la carga anecdótica infundida por Barrón a la escena de pillaje como la concepción grandiosa y potente de los diferentes elementos de la naturaleza, visible sobre todo en las imponentes montañas y subrayada también por las nubes rasgadas del cielo crepuscular, hacen recordar de inmediato el paisajismo pintoresco del primer romanticismo, puesto en boga tanto por los vedutistas extranjeros que viajaron a España en el primer tercio del siglo como por los más grandes maestros españoles de este género, como Eugenio Lucas y, sobre todo, Genaro Pérez Villaamil.
Por otra parte, en esta obra de madurez se advierte la evolución de Barrón en el tratamiento del color, ahora más tamizado, así como en el manejo de la luz, siempre caprichosa, pero resuelta aquí con sutiles juegos de transparencias y claroscuros, con los que da profundidad al paisaje y conduce la mirada del espectador hacia la lejanía.
Como testimonia la etiqueta que el cuadro conserva al dorso, fue regalado en 1875 por un desconocido Gerónimo S. Couder a su hijo Gerardo.

José Luis Díez