La Mandrágora, 1954-1955

Antonio Saura

Saura, Antonio

Huesca, 1930 - Cuenca, 1998

La Mandrágora (La Mandragore), 1954-1955

© Succession Antonio Saura/ www.antoniosaura.org /VEGAP, Madrid, 2015

Firmado, dedicado y datado en el ángulo superior derecho: "SAURA / para Catalina / 54-55"
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Óleo sobre lienzo

130 x 97 cm

CTB.1998.21

Historia de la obra

  • Édouard Jaguer.

  • Galería Guillermo de Osma, Madrid, 1998.

  • Colección Carmen Thyssen-Bornemisza.

1992

Ciudad de Ceniza. El surrealismo en la posguerra española, Teruel, Museo de Teruel, n. 47, p. 181, lám.

2011

La tradición moderna en la Colección Carmen Thyssen. Monet, Picasso, Matisse, Miró, Málaga, Museo Carmen Thyssen Málaga, p. 180, lám. p. 181.

  • -La tradición moderna en la Colección Carmen Thyssen. Monet, Picasso, Matisse, Miró. [Cat. exp. Museo Carmen Thyssen Málaga]. Málaga, Fundación Palacio de Villalón, 2011, p. 180, lám. p. 181 [ficha de Juan Ángel López-Manzanares].

Informe del experto

La Mandragore / La Mandrágora (c. 1954-1955) pertenece a un momento de cambios profundos en la obra de Saura. Temáticamente se inscribe en el final de su etapa surrealista. La ejecución, sin embargo, remite a su pintura experimental de mediados de los años cincuenta. La mandrágora es una planta de anchas hojas verdes, flores púrpuras y raíces gruesas y largas, que asemejan un cuerpo humano. Desde antiguo, se le atribuyeron connotaciones mágicas. En la Biblia aparece vinculada a la fertilidad (Génesis, 30, 14-17) y durante la Edad Media se la utilizó como afrodisíaco, para combatir la impotencia; creencia esta que Nicolás de Maquiavelo ridiculizó en su pieza teatral La mandrágora (Florencia, 1518). Según las leyendas medievales, el que extraía la mandrágora de la tierra debía hacerlo con la ayuda de un perro para así no oír el quejido de la planta, que podía causarle la muerte.

Las connotaciones mágicas de la mandrágora no pasaron desapercibidas a Antonio Saura quien, durante su etapa surrealista (1947-1953), demostró un rotundo interés por el mundo vegetal. La ambivalencia «planta/ser humano» es, de hecho, un motivo recurrente en sus pinturas tempranas como: El jardín de las cinco lunas (1950) y El marqués de Sade y una adolescente virgen (1950) y Las nuevas savias (1951), El artista aragonés dedicó además, a las plantas uno de sus primeros artículos  titulado «El mundo vegetal en la moderna pintura». En él analizó la obra de Georgia O’Keeffe, André Masson y Max Ernst, y se lamentó de que las «maravillosas formas vegetales, tan propicias a desencadenar en su presencia los más grandes juegos artísticos y lograr potentes creaciones, no tienen una elemental importancia en las obras imaginativas de los pintores de ayer y de hoy».

La mandrágora corresponde a una serie homónima que el artista aragonés pintó en su mayor parte en Madrid, entre 1953 y 1954, antes de partir a París. La serie está compuesta por una treintena de pinturas -en su mayor parte lienzos-, de las cuales la obra que nos ocupa es la más tardía y la de dimensiones mayores. Todas ellas comparten un esquema formal semejante -a medio camino entre una planta y una figura humana-, y en la mayoría se adivinan las formas de un cuerpo femenino. Ahora bien, en la pintura que aquí se comenta Saura se ha distanciado ya del léxico surrealista. Tras ensayar nuevas técnicas pictóricas junto a artistas como Judit Reigl y Simon Hantai, Saura confiere a esta última obra de la serie un carácter más improvisado y gestual. El propio artista aragonés señalaría por las mismas fechas cómo sus búsquedas se centraban entonces en torno al automatismo: «Creo que esta abstracción lírica tiene inmensas posibilidades y representa la etapa de la que hay que sacar todas las consecuencias; se trata del automatismo llevado a sus últimos extremos». En La mandrágora un entramado de amplias pinceladas negras entrecortadas -a la manera de articulaciones- reconstruye un cuerpo sedente, coronado por hojas. Desde el punto de vista de la ejecución, se trata de una obra próxima a La loba y a Fenómeno: el espejo, ambas de 1955, en las que Saura experimentaba con el dripping (chorreado) y el frottage (frotado). Ahora bien, como será propio de su serie de Damas (véase la ficha de Caña), Saura recurre a una imagen-patrón -mitad mujer, mitad planta- que le permite concentrar la energía del acto de pintar en una imagen concreta, y ensayar todas sus posibilidades expresivas. La mandrágora perteneció durante muchos años a Édouard Jaguer (1924-2006), poeta, dibujante y crítico de arte francés. Próximo al llamado «surrealismo revolucionario», Jaguer creó a mediados de los cincuenta -cuando le conoció Saura- el movimiento Phases en defensa de la abstracción lírica.

Juan Ángel López Manzanares