Carnaval
Ribera i Cirera, Romà
1848, Barcelona - 1935, Barcelona
Carnaval, c. 1890
Firmado en el ángulo inferior izquierdo: "Roman Ribera"
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza
Óleo sobre lienzo
28,5 x 18 cm
CTB.1998.20
Historia de la obra
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Castellana 150, Madrid, 31 de marzo de 1998, lote 223.
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Colección Carmen Thyssen-Bornemisza.
Informe del experto
El pintor Román Ribera, considerado uno de los máximos representante del naturalismo catalán, encontró una fórmula de expresión muy personal al margen de las dos tendencias de éxito en la pintura española oficial durante décadas: los grandes cuadros de historia y el realismo anecdótico de Fortuny. De la primera se desligó por completo, imbuido de los principios aprendidos de su maestro, Pere Borrell, y a la segunda le vinculó sólo el interés por el realismo. Su manera de representar y sus temáticas le propiciaron sin embargo grandes éxitos en el mercado artístico, tanto en el italiano como en el francés y el español, ya que supo adaptarse a la moda más comercial realizando, según sus diferentes etapas, escenas de cafés, de tipos populares o callejeros; cuadros de casacón de ambientación histórica, con músicos o escenas de taberna; y por último elegantes mujeres y gentes de la alta sociedad, representadas en numerosas ocasiones a la salida de un baile y del teatro o bien en escenas de carnaval, temas a los que enseguida quedó asociado el nombre del pintor. La manera tan particular con que interpretaba estas temáticas, su estética naturalista, le diferenciaron pronto de sus coetáneos que tendían más a imitar el anecdotismo detallista del famoso pintor de Reus.
En esta obra, que podemos datar entorno a 1890, observamos una mezcla de sus temáticas más comunes, al representar una escena de carnaval, que se evidencia en el antifaz de la mujer, por disfrazar al personaje masculino con una indumentaria pintoresca a la manera setecentista, y principalmente al situar a unos personajes de cuidadas maneras en un descuidado callejón urbano. Ribera estructura el cuadro con una composición abierta que, a través de las actitudes de los personajes, dirige la atención del espectador hacia fuera de la tela, porque la que sería escena principal parece estar sucediendo en otro lugar, más allá del marco, un interesante y viejo recurso narrativo que deja a quien lo contempla colgado de un eterno interrogante. Impresiona la fuerza que adquiere la sencilla cabeza femenina que nos da la espalda y que mira hacia un lugar diferente que sus compañeros de escena, como un elemento ajeno y a la vez perfectamente integrado en ella. Muestra, por otro lado, una pintura sólida, cuidada, elegante, equilibrada en el color, con un tratamiento de la luz que inunda la tela y resalta con suavidad los objetos y elementos que le interesa destacar, sin llevar a extremo el detallismo; elementos todos ellos fundamentales y característicos de su pintura. Queda también patente su especial cuidado en la búsqueda de veracidad en lo que se refiere a las calidades de las telas, las materias, los objetos que componen sus obras, así como su delicadeza en el tratamiento de las figuras, especialmente las femeninas, que tanto le caracterizó.
Victoria Durá