Paisaje de la Pepina
Labrador, José María
Benameji, Córdoba, 1890 - Nerva, Huelva, 1977
Paisaje de la Pepina, s/f
Firmado en el ángulo inferior derecho: " Jose Mª Labrador"
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza
Óleo sobre lienzo
63 x 46 cm
CTB.1999.96
Historia de la obra
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Arte, Información y Gestión, Sevilla, Lote 161, 11 de noviembre de 1999.
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Colección Carmen Thyssen-Bornemisza.
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-Pintura andaluza en la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza; Sevilla, Museo de Bellas Artes; Málaga, Palacio Episcopal. Sala de Exposiciones; Almería, Centro de Arte Museo de Almería [Cat. Exp.], 2004, n. 103, p. 266. (sólo en Madrid). [Ficha de Fernando Martín Martín].
Informe del experto
La obra de José María Labrador -artista de origen cordobés activo en Sevilla- está, sin embargo, vinculada a Huelva, y de manera más concreta a Nerva y a la sierra onubense, cuya cultura y ámbitos sociales constituye su más relevante seña de identidad. En este sentido el género del paisaje, aun no siendo excluyente de otros, como el bodegón, el retrato o el tema costumbrista, es sin duda donde su lenguaje cobra una mayor creatividad plástica de modernización, sobre todo a partir de los años veinte en los que toma contacto con la denominada Escuela de Alcalá de Guadaira, en la que el paisaje de esta localidad cercana a Sevilla se convierte gracias a un grupo de pintores en una suerte de Barbizon andaluz, al que durante unos años acuden varias generaciones de artistas a pintar sus bellos parajes. De este modo la experiencia vivida por José María Labrador en Alcalá, es determinante en su devenir, por lo que supuso de práctica del paisaje al aire libre y, de manera directa, como un nuevo modo de interpretar y mirar la naturaleza superando toda inercia academicista.
Paisaje de la Pepina hace referencia a un lugar de la sierra onubense de Campofrío, zona bien conocida por el pintor, al igual que otras topografías serranas que serán motivo frecuente de inspiración de una importante parte de su producción. De composición vertical y encuadre un tanto escenográfico, esta obra refleja las cualidades estilísticas que caracterizan a José María Labrador. Con el buen sentido descriptivo que le es propio, nos ofrece una escena rural formada por un grupo de lavanderas en primer plano, realizando sus tareas limpiadoras en una fuente de amplio pilar, junto a otras mujeres ocupadas en disponer la ropa a secar en un improvisado tendedero formado por pequeños arbustos, dos humildes casas cierran el espacio habitado. El resto, o sea, casi las tres partes del lienzo lo protagoniza un amplio paisaje agreste flanqueado por altos árboles, dejando en su parte central un cerro iluminado coronado por una arquitectura de difícil identificación, todo ello bajo un cielo poblado de anchas e irregulares nubes que dejan traspasar la luz creando hermosos contrastes.
Iconográficamente, el tema de las lavanderas fue tratado en varias ocasiones por Labrador, como en el caso de Lavanderas serranas en la ribera del río Genil en Benumejí (1955); elección argumental que se inscribe dentro de esa voluntad por resaltar la vida sencilla del campo y, en general por todo lo relacionado con lo popular, de tanto agrado por parte del autor. Sin embargo, en Paisaje de la Pepina, como el propio título indica, es el paisaje el auténtico protagonista, quedando en mera anécdota la presencia de las lavanderas, personajes que aparecen perfectamente integrados en la narración. Estilísticamente la obra se encuentra en ese postimpresionismo de pincelada suelta, directa y cargada de empaste con la que gusta construir sus composiciones, demostrando su sensibilidad para conseguir matices lumínicos y contrastes, tal como puede observarse en el tratamiento de las hojas de los árboles a base de superposiciones de gamas de tonos verdosos y grises, o el modo sintético con en el que interpreta el celaje con manchas irregulares y extensivas. De gran acierto es, también, la resolución lograda en la perspectiva a través de distintas gradaciones e intensidades de color, que fijan y dirigen la mirada hacia el montículo iluminado, empleando pinceladas ocres tan genuinas de la paleta de Labrador, creando una expresiva plasticidad a la par que suscita una grata sensación de espontaneidad y frescura que nos descubre la fascinación que el artista siempre tuvo hacia la naturaleza.
Fernando Martín Martín