Paso de una procesión

Josep Lluís Pellicer i Fenyé

Pellicer i Fenyé, Josep Lluís

1842, Barcelona - 1901, Barcelona

Paso de una procesión, s/f

© Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Firmado en el ángulo inferior izquierdo: "Pellicier"
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Óleo sobre lienzo

63,5 x 106 cm

CTB.1996.150

Historia de la obra

  • Subastas BROK, Barcelona, 18 de diciembre de 1996. lote 387.

  • Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

1997 - 1998

El paisatgisme català del naturalisme al noucentisme en la Col•lecció Carmen Thyssen-Bornemisza, Andorra, Sala d'Exposicions del Govern d'Andorra, n. 28, p. 92, lám. p. 93.

2015

Barcelona, París, New York. D'Urgell a O'Keeffe. Col•lecció Carmen Thyssen, Sant Feliu de Guíxols, Espai Carmen Thyssen, pp. 42 y 44, lám. p. 43, det. p. 45.

  • -El paisatgisme català del naturalisme al noucentisme en la Col·lecció Carmen Thyssen-Bornemisza. Llorens Serra, Tomàs (ed.). [Cat. exp. Andorra, Sala d’Exposicions del Govern d’Andorra, 1997-1998]. Andorra, Ministeri de Cultura, 1997, n. 28, p. 92. [Ficha de Glòria Escala i Romeu].

  • Barcelona, París, New York. D’Urgell a O’Keeffe. Col·lecció Carmen Thyssen, Sant Feliu de Guíxols, Espai Carmen Thyssen, 2015, pp. 42 y 44, lám. p. 43, det. p. 45.

Informe del experto

El autor de Paso de una procesión es básicamente conocido, en el ámbito artístico, por su intensa dedicación al dibujo. Según su  amigo Apel.les Mestres, dibujaba por “les miserables besses”, ya que su principal aspiración habría sido dedicarse de lleno a la pintura. Efectivamente, su obra pictórica es mucho menor con relación a la gran cantidad de dibujos y diseños que realizó para libros y revistas. No obstante, su aportación en el campo de la pintura es importante.

Con una mentalidad siempre abierta, conectó a menudo con las manifestaciones artísticas más innovadoras de la época. Durante su juventud asimiló como propias las enseñanzas recibidas en el taller de Ramón Martí i Alsina; de él aprendió a valorar la realidad partiendo directamente de la naturaleza y a prescindir de fórmulas estereotipadas y convencionalismos. Y a través de su maestría, se identificó, ideológicamente, con la corriente pictórica realista encabezada en Francia por Gustave Courbet, que reclamaba para el arte sinceridad en los temas y un compromiso más crítico con la problemática social. Más tarde, y a raíz de una estancia de cuatro años en Paris, que inicia en 1880, se interesó por el impresionismo y se alimentó de él hasta llegar a la realización de obras como ésta.

Temáticamente, esta pintura es un ejemplo paradigmático del realismo social que su autor practicó en el conjunto de su obra, una temática de la contemporaneidad, fundamentalmente popular. Representa una escena de calle que toma como motivo una procesión religiosa. La comitiva se encuentra en medio de la composición donde se distingue, débilmente, una imagen de Cristo crucificado, cuatro farolas y el humo de dos antorchas. Con respecto al tema, sorprende -de un acto supuestamente solemne y silencioso como es una procesión- la animación que hay entre los personajes que, de un lado a otro, llenan la tela. En primer término, por ejemplo, unas figuras masculinas y femeninas conversan, mientras al lado, un niño pasea un perro y en el extremo derecho un hombre saluda efusivamente a alguien con su sombrero de copa. En esta pintura el autor nos muestra, pues, la cara profana, más festiva, de una procesión, y lo hace sin prejuicios de ningún tipo. Pellicer, que fue siempre un hombre de izquierdas, expresó en un texto escrito por él mismo su rechazo a los actos rituales o litúrgicos de la religión, mientras reclamaba cumplir los «preceptos religiosos, sin necesitar ningún libro ni utensilio, sin necesitar templo ni sacerdotes».

Significativamente, el público de la procesión que Pellicer nos presenta en esta obra no adopta una actitud ceremonial, sino más bien indiferente y escéptica, de acuerdo con la toma de posición del artista. Probablemente, esta afirmación se corroboraría con el hombre del sombrero de copa que nos recuerda físicamente a Pellicer, que, a veces, se autorepresentaba en sus obras para confirmar su mensaje crítico. En Los quintos (1878), por ejemplo, pinta una triste escena de despedida entre jóvenes reclutas y sus familiares en el andén de una estación de tren; Pellicer se autorretrató en uno de los personajes para adherirse a la protesta popular contra una dura ley de alistamientos militares. De manera similar se identifica, pues, con el público displicente de Paso de una procesión.

 Por otra parte, este óleo es interesante por su tratamiento pictórico. Algunas de las obras de este artista, una vez expuestas, provocaban reacciones críticas, no sólo por su temática, que a menudo resultaba poco amable, sino también por su estilo. La crítica le recriminó, alguna vez, los tonos exageradamente oscuros y, en general, un cromatismo seco, demasiado sobrio. Paso de una procesión, donde los colores emergen sobre un fondo de oscuridad, conserva esta tendencia tenebrosa, con reminiscencias goyescas, que encontramos en otras obras suyas como Zitto, Silenzio che passa la ronda o Il prete. Pero el autor desafía a los convencionalismos pictóricos con una obra atrevida no solo en el color, sino también en su tratamiento: utiliza una pincelada valiente y pastosa, asimilada de los impresionistas. El aspecto resultante es el propio boceto donde el trazo es gestual y sintético. La composición, de tendencia claramente horizontal-de manera que acentúa la trayectoria lineal de la comitiva- es también de una gran modernidad: hay indicios de una continuidad narrativa más allá de los límites impuestos por la tela, con personajes cortados deliberadamente por los márgenes laterales, también a la manera impresionista. En definitiva, una pintura insólita si valoramos el conjunto de la obra de Pellicer, que es formalmente objetiva y descriptiva. Responde a su afán de modernidad y su capacidad de adaptarse y asimilar las tendencias más nuevas, y polémicas, del arte.

Glòria Escala i Romeu