Nevada de 1887, Barcelona, 1887

Joaquim Pursals i Forment

Pursals i Forment, Joaquim

c.1863, Barcelona - c. 1946, Barcelona

Nevada de 1887, Barcelona, 1887

© Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Firmado en el ángulo inferior derecho: "Pursals / 1887"
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Óleo sobre lienzo

120 x 195 cm

CTB.1998.49

Historia de la obra

  • Sotheby’s, Madrid, 19 de noviembre de 1998. lote 49.

  • Colección Carmen Thyssen-Bornemisza.

1891

Primera Exposición General de Bellas Artes, Barcelona, Palacio de Bellas Artes, n. 460, p. 160. (como: "Nevada en 1887. Barcelona").

2015

Barcelona, París, New York. D'Urgell a O'Keeffe. Col·lecció Carmen Thyssen, Sant Feliu de Guíxols, Espai Carmen Thyssen, pp. 36 y 38, lám. p. 37, det. p. 39.

  • -AA.VV.: Cien años de pintura en España y Portugal (1830-1930). Madrid, Antiqvaria, 1988-1993, tomo VIII, p. 359.

  • Barcelona – Paris – New York. D’Urgell a O’Keeffe. Col.lecció Carmen Thyssen. Giro, Pilar (ed.). [Cat. exp.]. Sant Feliu de Guíxols, Espai Carmen Thyssen, 2015, pp. 36 y 38, lám. p. 37, det. p. 38 [Ficha de Victoria Durá].

Informe del experto

Nevada de 1887, Barcelona es la obra más conocida de Joaquín Pursals, hasta el punto de ser considerada la obra de referencia del autor. La pintura, que se encuentra hoy bien conservada y valorada en la colección Carmen Thyssen-Bornemisza, es igualmente una pieza de referencia por lo que se refiere al tema y a la iconografía que presenta, tal y como queda recogido en este comentario.

Se expuso por primera vez en la “Primera Exposición General de Bellas Artes de Barcelona” de 1891, en cuyo catálogo se consigna con unas medidas (1,60 x 2,40) que no se corresponden con las de la obra –se ha podido comprobar que el error es común a muchas otras de las piezas presentadas en el catálogo–, y se indica que el pintor era natural de Barcelona y que residía en la misma ciudad (calle conde del Asalto, 77, 3º).

El óleo retrata la histórica nevada que sorprendió a Barcelona a principios de febrero de 1887, excepcional acontecimiento que quedó recogido en diversas crónicas en los diarios del momento, como es el caso de la que apareció en La Vanguardia el 11 de febrero de 1887 (p. 1-2) con el título “Esto no es Barcelona, sino Siberia”. En ella se informaba que la magnitud de la nevada había sobrepasado en mucho a la de las dos grandes producidas en Barcelona en el mismo siglo, la de 1854 y la de 1883, y se indicaba que de las terrazas superiores de algunos edificios se habían llegado a recoger hasta tres palmos de nieve. El cronista se refiere también a haber visto entre los pocos transeúntes que circulaban por la ciudad a “algunos artistas que tiritando de frío y desafiando las inclemencias del tiempo, sacaban preciosas vistas de la nevada”. Y es así como nos imaginamos a Joaquín Pursals, tomando apuntes del natural para realizar después la pintura que dejara retratada para siempre aquella gran nevada que cubrió la ciudad en 1887.

Recoge una vista de la parte inferior de La Rambla barcelonesa, con el edificio del Teatro Principal, el más antiguo de la ciudad –en sus inicios, Teatro de Santa Cruz–, como protagonista de la composición. La imagen, captada por el autor desde la plaza del Teatro, uno de los pocos puntos de La Rambla en los que la anchura de la vía aumenta –estructura urbanística que se conserva en la actualidad–, tiene un gran valor testimonial porque nos presenta el teatro tal y como era antes de los diversos incendios y de las sucesivas intervenciones arquitectónicas que transformaron su fachada. Es magnífico observar el preciosismo y el detalle con que Pursals describe el edificio; incluso nos parece leer en los carteles pegados a la fachada del teatro el anunció de la representación de la célebre zarzuela La Gran Vía, que se había estrenado en Madrid pocos años antes (1886). De hecho, durante el siglo XIX el Teatro Principal programó habitualmente zarzuela y tuvo que competir con el Liceo, desde su apertura en 1837, en lo relativo a la programación operística. En el último tercio del siglo XIX comenzó su decadencia y sólo una campaña popular impidió su derribo en 1889, pero nunca más logró recuperar el prestigio que había alcanzado en otros tiempos. Desde 1872 hasta 1906 la planta superior del edificio estuvo ocupada por el Ateneo Barcelonés. En la actualidad está a punto de concluirse una reforma que pretende reabrir el teatro como una sala para todo tipo de espectáculos, lo que sin lugar a dudas pondrá en valor este extraordinario lienzo como elemento testimonial y clave revisionista de exactitud e historicismo.

La minuciosidad con la que el autor describe este paisaje urbano se observa también en el tratamiento de los edificios colindantes al teatro, del mobiliario urbano y de la actividad ciudadana; los numerosos personajes que transitan por la vía, los curiosos carruajes que circulan sobre la nieve, la descripción arquitectónica, la rotulación de los locales y comercios, etc., están interpretados con sumo detalle, como si el autor fuera consciente de que son precisamente esas pequeñas notas anecdóticas las que conforman el carácter de una ciudad. La pintura está concebida desde un punto de vista bajo, lo que permite al autor mostrar con excelente acierto el característico celaje, gris blanquecino, de los días en los que la nieve hace acto de presencia, colores que en esta ocasión se entremezclan con algunas tonalidades más ocres que reflejan, también con maestría, el humo provocado por el intenso funcionamiento de las chimeneas. Estos últimos apuntes, casi literarios, de la escena de Pursals sirven de apoyo para destacar que si bien las calidades arquitectónicas y las de los efectos atmosféricos están resueltas con notable naturalismo, no sucede lo mismo con el tratamiento de los personajes, que aparecen colocados sobre el escenario del paisaje de una manera un tanto artificial, como si fueran muñecos recortados y pegados en la tela con cierta rigidez y ausencia de naturalidad. Una estética que nos recuerda al universo naíf y, en definitiva, resulta de una encantadora ingenuidad que más que restarle calidad a la obra le aporta gracia y singularidad.

Victoria Durá