Muchachas en un interior, c. 1950

Laureà Barrau i Buñol

Barrau i Buñol, Laureà

1864, Barcelona - 1957, Ibiza

Muchachas en un interior, c. 1950

© Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Firmado en el ángulo inferior izquierdo: "L. Barrau"
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Óleo sobre lienzo

96,5 x 83 cm

CTB.1996.81

Historia de la obra

  • Subastas BROK, Barcelona, 26 de marzo de 1996. lote 510.

  • Colección Carmen Thyssen-Bornemisza.

2015

Barcelona, París, New York. D'Urgell a O'Keeffe. Col·lecció Carmen Thyssen, Sant Feliu de Guíxols, Espai Carmen Thyssen, p. 70, lám. p. 71.

  • -Coll, Isabel: Laureà; Barrau. Barcelona, Lunwerg Editores-Caixa de Terrassa, 2003, p. 257, lám.

  • -Barcelona – Paris – New York. D’Urgell a O’Keeffe. Col.lecció Carmen Thyssen. Giro, Pilar (ed.). [Cat. exp.]. Sant Feliu de Guíxols, Espai Carmen Thyssen, 2015, p. 70, lám. p. 71 [Ficha de Pilar Giró].

Informe del experto

Laureà Barrau es un artista que sigue una formación muy al uso de su generación. Sus profesores de la Escola de la Llotja le inician en el realismo y amplia sus conocimientos realizando diversas estancias que le llevan a Madrid, París, Marruecos, Andalucía e Italia.

Durante un período aproximado de diez años reside habitualmente en París y su obra es expuesta con gran éxito de ventas en los salones de dicha ciudad. Sin salirse nunca de los cánones de la pintura realista, Barrau logra dominar con gran maestría la plasmación de la luz. La obra Muchachas en un interior es un ejemplo de la madurez del artista, tanto en la aplicación de la técnica como en la plasmación de la poética de los silencios y las complicidades.

Su maestría le permite que una escena cotidiana pase a ser la estampa de una convivencia armónica. La delicadeza emana por doquier: en los objetos representados, en las manos, en la dulzura de la mirada y el gesto. Como un mestizaje de Renoir y Sorolla, la atmósfera y la luz, amenizada con la fuerza y el carácter de alguien, como Laureá Barrau, que siempre supo que quería ser pintor.

En este cuadro logra desnudar con los pinceles el alma de nuestro entorno más cotidiano, instantánea de un pasado al que la mirada presente consigue poner voces. El artista nos sitúa ante una escena en la que las protagonistas se disponen a organizar la vajilla -quíén sabe para qué preparativos-, o tal vez estén ya poniendo orden tras el festejo, o simplemente sea interpretable como una alegoría al orden, principio de una sociedad estable y equilibrada que sueña con el progreso. Barrau pone de relieve la belleza de tres edades: madurez, juventud y adolescencia, y sus distintos roles. No sabemos si son una madre con sus dos hijas, el hecho es que invitan a curiosear sobre lo que pueda estar aconteciendo. La naturalidad y ternura de la obra se ensalza por estar las figuras representadas ajenas siempre a la mirada del artista y del espectador.

Pilar Giró