El Abismo. Mallorca, c. 1901-1904

Joaquim Mir i Trinxet

Mir i Trinxet, Joaquim

Barcelona, 1873 - 1940

El Abismo. Mallorca, c. 1901-1904 (L'abim. Mallorca)

© Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Firmado en el ángulo inferior derecho: ''mir''.
Titulado en el reverso:''L'abim. Mallorca''.
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Óleo sobre lienzo

175 x 98 cm

CTB.2000.50

Historia de la obra

2017 - 2018

Escenarios. De Monet a Estes. De Trouville a Nueva York. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza. Museu Carmen Thyssen Andorra,16 de marzo 2017-14 de enero 2018. p. 38-39.

  • -Escenarios. De Monet a Estes. De Trouville a Nueva York. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza. Museu Carmen Thyssen Andorra, 2017,  p. 38-39. (Cat. Exp.) [Ficha de Francesc Fontbona]

Informe del experto

El abismo. Mallorca —pintura a menudo titulada L’esquerda (La grieta)— es una de las obras más impresionantes de la etapa más convulsa y creativa de Mir, la que coincide con la estancia del pintor en Mallorca. Pintada en una áspera tela como de saco que Mir utilizaba a menudo en sus pinturas, es una gran composición vertical que se centra en una dilatada perspectiva de la costa norte mallorquina, encajonada por los colosales muros naturales de una gran grieta en la roca.

Mir había ido a Mallorca seguramente en enero de 1900, tras fracasar por segunda vez en su intento de conseguir una pensión para marchar a ampliar conocimientos a Roma. Él era un raro ejemplo de pintor catalán de su generación, la postmodernista, que al principio de su carrera tenía todavía fe en los caminos artísticos oficiales, académicos, pese a que su pintura estéticamente no era en absoluto de este tipo. Sus coetáneos más destacados, entre los cuales sus antiguos compañeros del informal grupo de la Colla del Safrà, no querían tener gran cosa que ver con exposiciones oficiales, ni con pensiones gubernamentales a Roma, capital que en aquel entonces ya había perdido la hegemonía como gran faro del arte joven mundial en favor de París. A Roma sólo querían ir entonces los académicos, y Mir era un caso extraño de pintor inquieto, procedente de un ambiente moderno, que en cambio pretendía seguir todavía el camino convencional.

Sin embargo Mir se vio obligado a olvidar aquel camino oficial que perseguía, y no por voluntad propia sino porque por dos veces un jurado le impidió el paso a la pensión anhelada, lo que conllevó que el pintor rompiera con la vida artística aposentada a la que aspiraba. Su marcha a Mallorca, donde al principio tuvo más relación con la escuela pictórica mallorquina (Joan Fuster i Bonnín, Antoni Gelabert e incluso el ya veterano Gaspar Terrassa) de lo que a menudo se dice, tiene mucho que ver con esta voluntad de hacer borrón y cuenta nueva en su carrera.

Durante esta etapa mallorquina se produce su primera gran exposición individual, en octubre de 1901, en la Sala Parés de Barcelona. Coincidiendo con la llegada del gran pintor —y escritor— modernista consagrado Santiago Rusiñol a la isla, a finales de ese año, ambos reciben el encargo, de pintar los grandes plafones murales del nuevo Gran Hotel de Palma, inaugurado en febrero del 1903. Mientras cumplía el encargo, Mir iría entrando en un inquietante aislamiento, y acabaría retirándose a un paraje tan impresionante como inhóspito, el Torrent de Pareis, gracias al que hallaría un lenguaje plástico original extraordinario, de enorme potencia; pero allí también hallaría un desasosiego personal muy fuerte que en la primavera de 1904 lo puso a las puertas de la demencia y de la muerte.

Esta obra, que Mir conservó siempre y que hasta no hace muchos años seguía en la colección de su hijo, es una de las realizaciones más selectas de la etapa de febril despecho que el pintor vivió en Mallorca, liberado a la fuerza de cortapisas oficialistas. Su datación no es clara, pues las pinceladas como deshilachadas que componen buena parte de la tela pueden inducir a fecharla hacia el final de la etapa mallorquina del pintor (1903-1904), pero este tipo de factura aparece ya en algunas obras presentadas en la antes citada exposición individual de octubre de 1901, en la Sala Parés de Barcelona, por lo que también, podría haber sido pintado en sus primeros años de Mallorca, especialmente entre 1901 y 1902. Sea como fuere, realizaciones como ésta avalan a Joaquim Mir como uno de los mejores creadores pictóricos de su tiempo. La obra es fruto directo de su enfrentamiento salvaje con la naturaleza, aquella naturaleza grandiosa, subyugante, de la Costa Brava mallorquina, que alimentó su sensibilidad, y que para retratarla el artista generó un estilo personal sin precedentes, inserto sin proponérselo en el mejor Postimpresionismo internacional.

Francesc Fontbona