Dulce despertar, 1911

Francisco Pradilla Ortiz

Pradilla Ortiz, Francisco

Villanueva de Gállego, Zaragoza, 1848 - Madrid, 1921

Dulce despertar, 1911 (También titulado "Juegos de amor" y "Amantes")

© Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

Firmado en el ángulo inferior izquierdo: “F. Pradilla Ortiz, Madrid, 1911”
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en préstamo gratuito al Museo Carmen Thyssen Málaga.

Óleo sobre lienzo

73 x 90 cm

CTB.2015.265

Historia de la obra

  • Durán Subastas, Madrid. 19 de octubre de 1973. Lote 194.

  • Balclis Subastas, Barcelona. Lote 1299, 17 de diciembre de 2014.

  • Subastas Fernando Durán, Madrid. Subasta 409, Lote 415, 28 de diciembre de 2015.

  • Colección Carmen Thyssen-Bornemisza.

1912

III Exposición Pinelo. Rio de Janeiro- Sao Paulo

1918

XIV Exposición Pinelo de Pintura Española en América. Buenos Aires.

2017

Un món ideal: De Van Gogh a Gauguin i Vasarely. Col.lecció Carmen Thyssen. Espai Carmen Thyssen, Sant Feliu de Guíxols. p. 80, 81, 152 y 182.

  • -La ilustración Artística. Barcelona, nº 1584, 6 de mayo 1912. p. 304.(reproducido).

  • -García Loranca, A. y García-Rama, J.R.: Vida  y obra del pintor Francisco Pradilla Ortiz. Zaragoza, Caja de Ahorros de y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1987. p. 345. Nº cat, 293 (reproducido como “Juegos de amor”).

  • – Rincón García, W.: Francisco Pradilla, Zaragoza, Aneto publicaciones, 1999, p. 385, nº cat. 277 (reproducido como “Amantes”, 73,2 x 90,4 cm).

     

  • -Un món ideal: De Van Gogh a Gauguin i Vasarely. Col.lecció Carmen Thyssen. Espai Carmen Thyssen, Sant Feliu de Guíxols, 2017. p. 80, 81, 152 y 182. [Ficha de Pilar Giró]. (Cat. Exp.)

Informe del experto

Dulce despertar es una escena llena de ternura y sensualidad. Una obra que plasma toda la destreza técnica de Pradilla en el dominio de la composición, la pincelada y la ejecución del color; todo conjugado para crear sobre el lienzo un espacio para seducir la imaginación y continuar el juego de susurros entre los amantes. Su prestigio como pintor hizo que la alta aristocracia española lo solicitara como retratista y para decorar sus palacetes.

La manera como sitúa los dos personajes protagonistas en la composición de la escena dota el cuadro de un movimiento casi imperceptible, lento e infinito. Las dos diagonales que estructuran las principales líneas de fuerza de la obra se cruzan justo en el espacio de más complicidad entre los protagonistas, allí donde suenan las palabras que nosotros sólo podemos imaginar.

El uso de la estética orientalista, tanto en la decoración de la estancia como en algunos detalles del vestuario, enlaza con el orientalismo que ya estaba de moda desde finales del siglo XIX. En buena parte gracias a la exaltación que hacían de él escritores como Chateaubriand o Lord Byron y la pintura de Delacroix. El sueño oriental, que proponía una evasión de la realidad, era ciertamente tentador y sugerente.

Es especialmente remarcable el contraste del trato de la pincelada y la aplicación del color entre el plumaje del sombrero y la manera como resuelve los rostros. El movimiento de las plumas, el gesto del trazo da más fuerza aún serenidad reflejada en la actitud y la expresión de los protagonistas. En definitiva, una obra hecha para el disfrute de las insinuaciones.

Pilar Giró